sábado, 15 de octubre de 2016

SIN LICENCIA POÉTICA





EN EL PRADO. VERDE


Viendo a Danae desnuda
una mañana en El Prado
me quedé tan mareado
que pensé pedir ayuda
a un ujier, 
pero después de un momento,
recobré el conocimiento.

Entonces oí el sonido
del idioma japonés
que una vez que los has oído
nunca olvidas cómo es.

Sentí como si de El Prado
fuese a Tokio transportado.

Volviendo en mí del mareo,
junto al cuadro de Tiziano,
yo lo primero que  veo
es un copista,
un fulano
que a Danae pinta en verde
pretendiendo que concuerde
con el cuadro original
del gran maestro italiano.

Esto me parece mal
pero callo
es veterano
no tengo porqué opinar
de su forma de copiar.

Pero, de verde 
¡Dios mío!
¡La Danae de Tiziano!

Me parece que a este tío
le han dejado de su mano
las musas de los copistas,
porque incluso los turistas
japoneses que lo han visto,
no dan crédito a sus ojos,
y yo pienso, 
luego existo
que al menos si fuese en rojos…

El copista de Tiziano
va a resultar daltoniano.

Siempre se ha dicho 
y se ha escrito
lo difícil que resulta
pintar con este maldito
verde
que a la vista insulta,
pero yo estoy convencido,
que este hombre no lo ha oído.

Y de pronto voy notando
algo raro en su cabello
el pintor sigue pintando,
y me doy cuenta que aquello
está demasiado espeso,
sin movimiento, muy tieso.

Creo que según se ve
el copista en su cabeza
lleva puesto un bisoñé
casi con toda certeza
pues, sobre todo en la nuca,
se le nota la peluca.

Yo lo comprendo y no dudo:
es un castigo del Cielo,
pintando en verde el desnudo
se le habrá caído el pelo.

Acaso el verde propicie
el infierno o la calvicie.


martes, 10 de mayo de 2016

El sótano de la Cava Baja


Ayer a media tarde, bajé al sótano como de costumbre, para recoger los carteles que anuncian las actuaciones de la noche, encender la estufa de butano que caldea el ambiente y poner música.
Manolo no había llegado, Ángel vendría más tarde pues tenía la peluquería llena de gente y Ricardo preparaba en casa su examen del lunes.
Además, ahora que me doy cuenta, han pasado treinta y seis años y los tres están muertos.
De modo que estaría solo al menos una hora.
Estaba apilando unas cajas de cerveza en el pequeño almacén para la intendencia que hace las veces de camerino para los artistas y de despacho, cuando un ruido de pisadas, que en realidad era apenas audible, me hizo volver la mirada hacia la escalera que sube hasta la planta de arriba.

-¿Eres tú , Manolo?

Nadie contestó pero cesó de improviso el ruido de pasos.
Yo siempre estoy esperando horrores cotidianos de modo que ya sé dos cosas : en primer lugar que dentro de otros treinta años, un titular de prensa dará cuenta de mi exposición de entonces con el título de “Horrores de andar por casa”
y además que sin duda sucedería lo peor. Esto es así porque  en el continuo espacio-temporal se desarrollan todos los eventos físicos del Universo, de acuerdo con la teoría de la relatividad.  Y por lo demás es solo un modelo matemático, una entelequia curvilínea. O sea, a lo que íbamos, aquella tarde me dije : un espíritu viene a asesinarme con una soga de cáñamo.
Terminé apresuradamente de colocar las cervezas y salí del almacenillo al tiempo que un golpe de viento helado me azotaba el rostro abriéndose paso a través del áspero olor a humedad y tabaco rancio que impregnaba entonces el sótano de la Cava Baja. El muerto, volví a decirme, quiere aterrorizarme antes de acabar conmigo. Intenté gritar para que la portera me oyera pero imaginé que estaría enseñándole el ático a Basilio Martín Patino que últimamente se había interesado por alquilarlo para Obdulia. De todas formas hubiera sido inútil, me había quedado sin voz y unas agujas de hielo se clavaban en mi garganta paralizando mis cuerdas vocales con un dolor insoportable.
De nuevo las pisadas retumbaron al golpear los escalones huecos de madera, alguien bajaba lentamente precedido por el viento frío y áspero.
Empecé a experimentar un pánico mortal pues la cortinilla de rayas verdes y negras que colgaba al final de la escalera, se movía plegándose en una arruga, que me pareció el rictus de un ahorcado, y me dajaba ver una mano peluda como la de un simio cuyos dedos terminaban en poderosas garras depredadoras.
Es un monstruo, me dije una vez más, el muerto que va a asesinarme es un monstruo y estoy seguro de que le huele el aliento.
Lo que colmó después mi espanto fue comprobar que la mano no precedía a ningún brazo colosal, no era el  apéndice que precedía a un cuerpo de hiena rabiosa, grifo, esfinge moribunda o nosferatu ávido de sangre, era solo una mano cuya insoportable fealdad terminaba poco más arriba de la muñeca.
Intenté por segunda vez articular un alarido de terror, sin duda lo más adecuado en esos momentos, y quién sabe si, de haberlo conseguido , hubiera podido alertar al vecino del primer piso tan malhumoradamente acostumbrado a los gritos , risotadas y espontáneas muestras de júbilo en las noches de la cueva, pero tuve que resignarme a la afonía y el agarrotamiento irreversible de mi garganta.
La mano se aproximó balanceándose en el aire de una forma siniestra, retorciendo los dedos que aprisionaban el aire enrarecido del sótano mientras mi espanto , ya próximo al delirio, a punto estuvo de colapsar mis sentidos si la sorpresa no hubiera al fin superado al horror.
Ante mi asombro sonó entonces en el silencio del sótano algo parecido a un gorgoteo y comprobé cómo aquella garra deforme comenzaba a hablarme con fuerte acento rumano.

Se presentó como la mano izquierda de Polmiar Popescu, inmigrante centroeuropeo procedente de la Transilvania rumana y antiguo empleado del establecimiento de  Pompas Fúnebres cuyas dependencias, me dijo, sabrá usted que en este mismo local tuvieron su sede ya hace más de cuarenta años. Mano izquierda, añadió, lamentablemente separada del brazo a causa de un desgraciado accidente con la tapa de un ataúd.
Cuando me encontraba apenas recuperado de mi espanto e intentaba preguntar a la mano el porqué de su llegada a nuestro local, una voz de acentos sepulcrales me sumieron de nuevo en el paroxismo.

-¡Es mentira!, ¡Usted no debe  escuchar a este imbécil!
 Yo estoy también aquí y tengo algo que decir al respecto.

No vi a nadie, miré por todos los rincones del sótano pero no vi a nadie. No, no lo he soñado y supe que Manolo no iba a llegar porque ya estaba muerto. El tiempo se había curvado una vez más en el interior de la cueva y Ángel no peinaría más a sus antiguas clientas, ni Ricardo, que había aprobado el examen de aquel lunes, podría volver a levantarse en la soledad de su apartamento donde le habían encontrado un mes después de su fallecimiento.
Estoy solo aquí, con esta mano y estas voces que suenan también solas en la atmósfera oscura del sótano de la Cava Baja.
La mano se acercó entonces y con emocionante sinceridad me confesó que era cierto, que Polmiar Popescu estaba también entre nosotros. Que, como ya sabía Juan García Atienza, este era un lugar mágico, uno de los muchos que se habían encontrado sobre la antigua muralla árabe de Madrid que discurría bajo nuestros pies.

 -Es solo un ectoplasma, me dijo la mano, lo que naturalmente dificulta su localización.
Efectivamente, el ectoplasma de Popescu siguió gritando desaforadamente y acusaba a su propia mano de abandonarle en los momentos más difíciles.
Estaban todos muertos menos la mano, puede que yo también estuviera muerto sin darme cuenta, tal cosa ya hemos visto que sucede , lo hemos visto en el cine y lo hemos leído en algunas novelas góticas como Alraune que Fede había leído y me había recomendado.
Pero Fede también estaba muerto y cómo recuerdo, qué bien lo recuerdo, cuando leyó en aquellas sesiones de relatos en la cueva, algunos episodios de Las noches lúgubres, de Alfonso Sastre. Como aquella terrible que leyó el último día:

Me dirijo a la Cruz Roja Internacional. He sido torturado hasta el punto de que me encuentro en peligro de muerte. Si sobrevivo denunciaré estos hechos.
Hoy he sabido que van a someterme a una operación quirúrgica. He sabido también que el cirujano que va a operarme es uno de mis torturadores.
Si alguien encuentra este papel, hágalo llegar a su destino. ¡Es una petición de socorro!.


Esta era entonces una de esas noches lúgubres en la que todos estábamos muertos y el ectoplasma de Polmiar Popescu seguía gritando.
Pregunté porqué lo seguía haciendo y la mano se adelantó y me dijo que Popescu era, incluso como ectoplasma, un hombre  pundonoroso y pues esa noche venía a pedirme algo, no quería presentarse ante mí sin mano.

Del horror al desconcierto y de éste a la más absoluta perplejidad, mis emociones acabarían con mi ritmo cardíaco de no cesar esta desmesurada situación.

La mano me dijo que Popescu había bajado aquí esta tarde pues le habían hablado de nuestras veladas literarias de los miércoles. Se lo había comentado Rosa Montero que había leído poemas surrealistas con Forges.
Es cierto, yo estaba también, pensé, recuerdo aquella noche. Pero aquello resultó festivo, no fue doloroso.

Popescu, es decir su ectoplasma, quería leer un poema de Antonin Artaud dedicado a Vincent Van Gogh. Pero considerando que los dos estaban muertos hacía mucho espacio-tiempo, uno a causa de un cáncer de colon y otro prácticamente de un viejo disparo bajo lo cuervos del trigal, deseaba leerlo él.

Respiré profundamente y les aseguré al ectoplasma rumano y a su mano que con toda seguridad leería su poema y que incluso trataríamos de buscarle un acompañamiento musical. Que ya hablaría yo con Javi López de Guereña  para que viniera el próximo miércoles. Que ya sabía yo que Javi estaba vivo.

domingo, 17 de abril de 2016

DEL ÁLBUM FAMILIAR

Volviendo a mirar la foto de Margarita vestida de "soubrette","me pongo a considerar "
(recitaba El Piyayo) cuán grande hubiera sido su sorpresa al conocer que justo un siglo después de que se hiciera retratar con tan luminosa sonrisa, su imagen saliera del recinto familiar para abrirse a la mirada de tantos. Imagino cómo sería posible explicarle a Margarita qué diantres es internet, cómo una foto en papel que ella pegó cuidadosamente en un álbum familiar, puede llegar a "sufrir" una transubstanciación que le permite atravesar el tiempo y el espacio. Imagino a Margarita frente al pelotón de fusilamiento encomendando su alma al Todopoderoso sin llegar a imaginar que su alma había quedado impresa en el espacio cibernético, tocando aquel dúo de Schubert con Amalia y bajo la cofia de su vestido de soubrette.



                                                          Margarita en el sofá


                                                          
                         Aranjuez 1913. La violinista




Aranjuez 1913. Margarita y Amalia, el dúo de violín y piano

miércoles, 10 de febrero de 2016

Ripios de los Pliegos de Cordel "Sin licencia poética"



ELEGÍA DE UN ARTISTA ABANDONADO

(Dedicada a un crítico de arte)

¡Ay de mí que nunca he conseguido
que fijes en mis cuadros tu mirada!
Triste pintor que nunca ha merecido
una palabra de tu pluma consagrada.


Y no quiero decir que tengas pluma
pues, bien conozco, escribes con ordenador
sino que es la pluma quien consuma
la buena fama del escribidor.


Eso que escribes que tanto me asombra,
sobre otros colegas a los que yo envidio,
pues ellos ¿qué tienen?; a mí ni me nombras.
Vas a llevarme muy pronto al suicidio.
¡Tantos años pasados deseando
que me visites en una exposición!
¡Tanto tiempo leyendo y estudiando
tus textos en cualquier publicación!


Yo te sigo, maestro, y tú me ignoras
dejando mi trabajo como artista
a merced de algún simple periodista
que maneje, sin más, la grabadora.
Ya sé que eres distante y distinto
y conoces del arte los Arcanos,
mas no te importa nada lo que pinto
y mis cuadros te parecen provincianos.


Pero ¿qué digo?, ni siquiera eso
que ignoras por completo mi existencia
y con la devoción que te profeso
no dedicas a mí ni una sentencia.
Pues que de este país en cualquier parte
tu verbo es tan constante, tan ubicuo,
que resultas, maestro, el más conspicuo
de todos los que escriben sobre arte.


Sin embargo parece últimamente,
que pasas por alguna galería
con más asiduidad de lo prudente,
de manera que alguno pensaría
que ese lugar reclama tu atención
con más frecuencia de lo que sería
de esperar en tu habitual dedicación.
Ya sé que tu sagrado magisterio
se imparte de manera general
y que la rectitud de tu criterio
tiene fama de ser universal,
ajena a los bastardos intereses
que ignoran por completo la moral.
Ya comprendo que a ti, todos los meses,
no obstante tu prestigio doctoral,
te llegan los recibos e intereses
lo mismo que a cualquier otro mortal.


Mas tu interés a alguno le parece
que no es sólo por el arte en cuanto a tal
sino que hay algún espacio donde ofreces
tu apoyo de manera habitual.
A cambio,  ellos piensan que mereces
un estipendio, cosa muy normal,
y con eso a sus artistas enalteces
en tu clásica columna semanal.



Pues tan justo es tu verbo y adecuado

transformando en palabras cada imagen,


que al leerte me quedo anonadado


aunque yo de tu prosa quede al margen.


Ya sabes que la insidia no descansa
en un país repleto de envidiosos
que desprecia a los hombres prestigiosos
haciendo de los necios alabanza.



Escribí demasiado, me despido,
no quiero ya de tu paciencia abusar
pido perdón si te he entretenido
con mi torpe manera de pensar.
Los dioses de las artes te bendigan
y acuérdate de mí alguna vez,
no te importen las cosas que te digan
que, en general, serán estupidez
Por favor te suplico, no te vendas
mas si un día decides alquilarte,
lo digo sin malicia, no te ofendas,
hazme saber la forma de pagarte.


sábado, 6 de febrero de 2016

Biblioteca Ilustrada de la Fundación Enrius. Famosos artistas plásticos, Ramiro Rasguño




                 Ramiro Rasguño Agudo


En un tiempo digital en el que lo analógico estaba a punto de entrar en los museos arqueológicos, en unos días de angustia ubicua, intempestiva y biodegradable, todo el sector social de las artes visuales, visorias, visivas, veedoras, contemplativas y espectaculares estaba sumido en una profunda crisis y  evidenciaba serios problemas para distinguir la realidad virtual de la otra, la de siempre.

Los más avisados en esta materia consideraban que la obra de arte visual, visoria, visiva, veedora, contemplativa o espectacular, constituía una profunda penetración develante del subfondo inteligible de los afectos culturales como residuo de una sociedad decadente.

Otros, acaso más avisados aún, estaban convencidos de que, como arte visiva, visual o visoria, la pintura, toda la pintura, era cosmética, epidérmica, redundante por inútilmente duplicadora de la realidad y arrastraba fatalmente a la rúbrica sinóptica. No explicaron debidamente las razones que les autorizaban a enunciar estos postulados, ni siquiera su significado pero casi todos, incluso los más afectados, los aceptaron sin rechistar.

En aquel tiempo sólo el Mercado y aquellos que se autodenominaban curadores sin que no se acabara de saber exactamente acerca del contenido y extensión de sus virtudes sanadoras, tomaban decisiones, establecían valores, dictaban normas y extendían certificados de idoneidad, generalmente
previo pago de un estipendio normalizado en cada caso y circunstancia.

De esta manera y con tal autoridad, condenaban al ostracismo cualquier forma o expresión de disidencia de su manera de detentar una verdad indiscutible que les pertenecía por derecho.
En tan dramáticas circunstancias y en medio de este complejo y férreo entramado, parece ser que se sitúa la aparición de una singular figura cual fue la de Ramiro Rasguño, un artista que estaba llamado por el destino para dar un vuelco trascendental a las artes visuales, visivas y visorias, incluida la pintura hecha a mano, con pinceles, espátulas, plumas metálicas o de avestruz, lapiceros de distintos gruesos o cualquier otro sistema capaz de extender materia de distintos colores sobre cualquier superficie plana.

Ramiro Rasguño había nacido en el distrito de Buenavista en la ciudad de Madrid y en el seno de una ilustre familia de clase media. Fue el tercero de los hijos habidos en el matrimonio formado por Paladino Rasguño, veedor municipal en excedencia y Miranda Agudo, vidente y echadora de cartas.
Muy joven aún, Ramiro Rasguño mostraba una viva inclinación por los placeres visuales y entretenía sus momentos de asueto fijando la vista en los más diversos objetos de su entorno próximo o remoto. Miraba de forma natural, de arriba abajo, de soslayo, a la cara, en ocasiones también de hito en hito y no pocas veces por el ojo de la cerradura, pues en aquellos años de los que trata esta historia, las cerraduras volvían a  tener ojos de la misma forma que las paredes tenían oídos.

 Sus padres observaban con satisfacción el desarrollo de las capacidades visuales de Ramiro y veían con muy buenos ojos esta inclinación visoria. El muchacho creció pues, en un entorno familiar que propiciaba la agudeza perceptiva y la contemplación de tramas, texturas, colores, volúmenes y perspectivas tanto interiores como exteriores. Digamos entonces que al adentrarse en la edad núbil, Ramiro Rasguño lo había visto todo desde distintos ángulos y miraba con verdadera pasión cuanto era posible ver a simple vista, de una ojeada, con anteojos, con telescopio, con microscopio, tras los cristales de alegres ventanales, desde el balcón, por las mirillas de las puertas de entrada y en lo alto de las más sobresalientes atalayas. Con este bagaje visual repleto de puntos de vista se echaba de ver que este joven aportaría a las creaciones visuales del siglo en crisis, su particular visión del mundo pero, de momento, lo guardaba para sí.
Al poco tiempo de terminar un período de formación de índole plenamente autodidacta, Ramiro Rasguño entró en contacto con una de las últimas vanguardias organizada en un conglomerado de disidentes de casi todo: los Neorrevocadores de Gutagamba, un heteróclito grupo de creadores visuales que, para confortar su ánimo y asegurar su estabilidad emocional, habían abrazado el credo anabaptista.
El grupo cohesionado por el prestigioso intelectual calabrés Ajax Precioso Olivo, reivindicaba como una alternativa a lo convencional de la práctica artística, la gomorresina sólida, el amarillo como portador de valores enteros y la corrupción de perfiles, técnica y procedimiento que   dominaban con autoridad competente.
  
Componían el elenco artístico, entre otros muchos disconformes, artistas como Emiliano Mediatinta, Abel Urchilla, Antonio Marco o Esquicio Boceto. Este último era un artista enteco, sobrio sospechosamente admirador de la música pronazi de Carl Orff y bebedor empedernido de absenta.
Emiliano Mediatinta era francamente rechupado y practicaba un nuevo gusto por la nolición mientras que Marco y Urchilla formaban un dueto rupestre cuya evocación del Pleistoceno era evidente.


Durante un tiempo breve pero intenso de fraternal camaradería Ramiro Rasguño, unido al grupo con ánimo esperanzado, disfrutó de los gualdados placeres de la gutagamba, esa gomorresina sólida que hacía soñar con los umbríos bosques de la India misteriosa, los salvajes limones del Caribe y la irrenunciable franja central de la bandera patria.

Al inicio de la temporada de aquel año, se llevó a cabo una muestra conjunta del grupo en los salones del Montepío de la Divina Pastora que constituyó un resonante éxito y una de las exposiciones más visitadas del año. En la invitación al acto de inauguración se rogaba a los asistentes que, en homenaje a la gutagamba, vistiera cada uno una prenda gualdada o bien un conjunto áureo de su predilección



Una de las obras de Ramiro Rasguño,”Sinfonía gualdada”, gutagamba sobre cartón bruñido ,445 x 660 cms. Colección privada.

Un poco por gusto y otro tanto por capricho, Emiliano Mediatinta acudió a la inauguración vestido de plátano, Esquicio Boceto siempre italianizante en sus gustos, vistió de amarillo de Nápoles, Urchilla y Antonio Marco se ocultaron bajo un manto de cárdeno ambarino de modo que Ramiro Rasguño, con pocas opciones ya y muy a su pesar, tuvo que vestirse de espárrago.



Tras una intensa época almacigada, con esos recuerdos del lentisco en la que nuestro visual artista reflejó en sus lienzos y tablas los diversos momentos de las áureas labores en los campos estivales y los retratos de algunos mandarines, época que se reconoció por quien podía hacerlo como un período transplasticista, Ramiro Rasguño emprendió la tarea de embadurnar grandes paneles.
Estos paneles estaban confeccionados con la imagen digital de la  piel de las castañas pilongas minuciosamente ordenadas por tamaños y el resultado fue calificado de resplandeciente. Fue entonces, al finalizar este brillante trabajo, cuando Ramiro Rasguño tuvo una visión que relató en su diario personal.

“Apareció un ángel que hablaba conmigo y me dijo: alza tus ojos y mira lo que aparece, yo le dije, ¿qué es? y él me respondió, es un habitante de Efá que aparece, yo le dije, ¿está en la web? y él me dijo, ahí tienes la iniquidad. Si no estás en la web será destruida tu casa en la tierra de Senaar y tu memoria se borrará de la faz de la Tierra. Toda olla en Judá será consagrada a la web y cuantos sacrifiquen, vendrán, las tomarán y cocerán en ellas y no habrá en aquel día más mercader que el de la web.
Yo alcé mis ojos y ví claramente una web volando, él me preguntó, ¿qué ves?, y yo respondí, veo una web de veinte mil codos de largo y cuatro mil de ancho, que vuela. Él entonces me dijo, escucha la voz. Veo lo que yo he desencadenado, dice aquel que hace ventanas y es el dueño de las puertas y caerá sobre la casa del que en falso jura por mi nombre y permanecerá en medio de su casa hasta consumir maderas y piedras

No fue de forma inmediata como Ramiro Rasguño pudo comprender esta visión apocalíptica pues hubo de llevar a cabo un largo proceso para establecer algunas conclusiones provisionales con las que poder seguir adelante.
En primer lugar aceptó con serenidad el hecho de que había que estar en la web, como el territorio de Efá, como la piel de las castañas pilongas, como su tío Mauricio que suele subir a las redes sociales las fotografías de la boda de su primo en Bali y todo ese tipo de cosas que tanto a él como a los Neorrevocadores de Gutagamba les parecían  deleznables. Los tiempos estaban cambiando, Bob Dylan tenía razón.
Siguió reflexionando y comprendió, no sin esfuerzo, que el arte tenía la misión de crear una magia sugestiva que contuviera al mismo tiempo el objeto y el sujeto, el mundo exterior al artista y al propio artista por innovador, inconformista o albarazado que éste fuera. Más tarde, un jueves a mediodía, tomó conciencia de su profunda aspiración a traducirse, al tiempo que se resignaba a aceptar que ninguna comprensión ni conocimiento podría desentrañar el misterio de la obra de arte, de ese arte que él deseaba revocador, mestizo por ser cromáticamente cuarterón de chino, absolutamente transplasticista y lo más moderno posible.
Pero para llegar a realizar esa profunda aspiración traductora resultaba imperativo reflexionar sobre sí mismo y, de esta manera, tras un breve escarceo con el yo, el superyó, y el ello, se imaginó la interacción entre las dos esferas representativas de los dos primeros individuos. Fue un desastre pues las emanaciones morales del superyó esclavizaron al yo dejándole completamente inservible y sin la más mínima capacidad de iniciativa. Decidió entonces establecer contactos entre el yo y el ello por ver de mejorar los resultados y esta vez la interacción de ambos produjo el desprendimiento de una forma arquetípica, un crisol hirviente, un caos,  una sopa muy alimenticia a la que pensó que no sería imposible llamar arte.
Habiendo pues aceptado todo esto y recordando la amenaza del ángel, decidió entrar el la web. Estuvo un buen rato paseando por entre los vericuetos de ese inmenso territorio pues la navegación que todos decían practicar en mares tan agitados, a él le ocasionaba unos mareos insoportables. En tal paseo estaba cuando, por puro azar, que sobrevino brujuleando de web en web, se encontró sin pincharlo ni vincularlo, con Don José Ortega y Gasset que, a través de esos caminos virtuales, estaba de tertulia con su realidad ejecutiva. Estaba el filósofo paseando con ella, al modo peripatético por el Jardín de los Frailes junto al monasterio de San Lorenzo de El Escorial mientras se veía a sí mismo en su andar visto por dentro. Tras cruzar algunas breves frases, Don José Ortega y Gasset, acabó por convencerle de lo imprescindible de la metáfora al recordarle lo del árbol como espectro de una llama muerta.

- No se fije usted en el árbol, amigo Rasguño, le comentaba Don José Ortega y Gasset, vea usted el árbol transfigurado, el árbol sentimental, usted que está trabajando, según he podido saber, con la piel de los frutos del castaño, tiene una buena ocasión para acometer plásticamente la imagen metafórica de la pilonga en esos hermosos paneles. Intervino entonces la realidad ejecutiva de Don José Ortega y Gasset para explicar que el objeto creado a través de ella es un objeto nuevo en sí mismo, un objeto estético distinto del real e incluso del psicológico.
Esto es una metáfora, un juego tan intrascendente como el arte mismo, un nuevo objeto que tiene que sonar en verde, como el violín de Fluxus, para anteponer la vida a la cultura y al arte.

 

Don José Ortega y Gasset con unos amigos contemplando la realidad ejecutiva del filósofo. San Lorenzo de El Escorial.

Fascinado por esta última intervención de la realidad ejecutiva de Don José Ortega y Gasset, Ramiro Rasguño no podía apartar la vista de su rubia cabellera cuyos dorados reflejos proyectaban una luz divina sobre las laderas de Abantos. Sin que apenas pudiera darse cuenta y, lo que es peor, sin haber alcanzado a verlos venir, Amor hirió su corazón con  tan dulces venablos que cegaron por completo su entendimiento. Ramiro Rasguño cayó profundamente enamorado de esta filosófica entidad y comprendió que ya no podría vivir sin ella ni un día más. Venciendo a duras penas su timidez que solía manifestarse en momentos como aquellos, se dirigió a ella por escrito y con gran con decisión.


 Distinguida señorita:

He tenido la fortuna de conocerla a usted junto con su inseparable acompañante, ese gran pensador de imperecedera memoria, por medio de este motor de búsqueda cuyo nombre no acierto a pronunciar
 sin sentir que estoy haciendo gárgaras. Obsesionado hasta el día de hoy en la búsqueda de una nueva expresión visual transplasticista, no he acertado a reconocer los apremios de mis más profundos anhelos amorosos. Hoy comprendo que no es la gutagamba lo que llenará mi vida y colmará mis deseos, no es el sonido de ese amarillo que a Wassily Kandinsky le llevaba, al parecer, hasta el arrobo ni es el ámbar que aprisiona en sus entrañas al insecto diluvial, quien conformará mi existencia de artista, por no mencionar la gualdada piel de la castaña que ha perdido para mí todo interés.
 Es usted, señorita, esa bellísima realidad ejecutiva que se adueñó de mi corazón y de los lóbulos frontales de mi cerebro en el jardín de los Frailes. Usted que me ha hecho comprender la vigencia de los nuevos objetos que junto a usted han conocido una nueva realidad. Ahora, y gracias a usted entiendo la piel de mis castañas y la entiendo tanto en sus cómo  como en sus para qué. Ahora están en su contexto y en él funcionan haciéndose inteligibles. La amo por todo ello y se lo confieso en estas torpes líneas en las que vuelco mi alma de neorrevocador de gutagamba arrepentido y renegado. Cegado por su hermosura, afectado de acromatopsia cerebral por los reflejos de su áurea realidad tan ejecutiva, ya no distingo los colores del mundo, ya ni siquiera me interesa el amarillo que era la razón y el pilar sobre el que sustentaba mi
arte neorrevocador, ya no vivo sino para el recuerdo de aquella tarde escurialense.
Ya sé que es usted la realidad ejecutiva de Don José Ortega y Gasset, pero no me importa, no soy celoso, Dios me libre, no obstante, de ser un obstáculo entre usted y Don José Ortega y Gasset pues no soy de los que separan parejas ni de los que rompen
familias, pero, ahora lo veo, la amo y esto es irreversible.
Renunciando a otros encuentros en la web que, siendo virtuales no siempre son virtuosos, podríamos salir alguna tarde a pasear por el parterre del Retiro o por la Ribera de Curtidores. Lo dejo a su elección. Sin embargo, abriré una cuenta de correo en Yahoo cuyo fonético apelativo enciende mi ánimo en un grito de esperanza. Ya se lo adelanto, será: rasguñoysuejecutiva@yahoo.es.
No es gran cosa, lo comprendo pero, a más a más, soy propietario de un apartamento en Las Vistillas y una casita adosada en Chapinería.
Sin otro particular quedo a su entera disposición y suyo afectísimo q. b. s. m.

Ramiro Rasguño Agudo


Pasaron varias semanas en las que Ramiro Rasguño esperaba cada día con ansiedad la contestación de ella pero ésta no se produjo sino dos meses más tarde y en términos descorazonadores.


Muy señor mío:

Lamento participarle que no puedo acceder a su propuesta de iniciar unas relaciones amorosas. Soy un ente, un concepto, una realidad ejecutiva que ni siquiera disfruta de una iconología propia, menos aún de una forma simbólica. Es cierto que estuve cerca de grandes pensadores, científicos e intelectuales de diversas disciplinas pero sin llegar a mayores. Hace años estuve muy próxima a Erwin Panofsky que decía idolatrarme, estuve en su pensamiento pero no llegué a amarle pese a que
siempre me trató con respeto y consideración. Y es porque nunca tuve suerte con los historiadores del arte y menos aún con los artistas visuales ni con los plásticos que nunca me parecieron tan maleables como se pretende sino más bien frágiles y quebradizos. No conozco, por otra parte, a su
familia, ni su tercer apellido, aunque siendo Agudo el segundo, me agrada. Ignoro por completo su factor Rh, si es positivo o negativo, menos aún el momento en el que el antígeno empieza a ser expresado en sus glóbulos rojos. Desconozco además el estado actual de su liquidez bancaria y sé que no me encontraría a gusto en Chapinería.
No quiere esto decir que no merezca usted una realidad ejecutiva como yo, incluso con mayores merecimientos  que yo en todos los órdenes, pero, por lo que a mí respecta, no veo con buenos ojos las parejas mixtas.
Escribe Emmanuel Kant en su Crítica de la Razón Pura:” En la primera clase de las antinomias, la falsedad de la suposición consiste en que lo que se contradice (a saber, un fenómeno como cosa en sí) estaría representado como susceptible de hallarse unido a una noción.”
Convendrá usted conmigo que, a buen entendedor, pocas palabras bastan y lo anteriormente citado es suficientemente expresivo.

Agradeciéndole su amable oferta quedo suya afectísima.

Firmado R. E.



Ramiro Rasguño tardó mucho tiempo, años quizá, en superar este rechazo pese a sus muy razonados argumentos. Con el corazón destrozado, abandonó la práctica artística y al grupo de neorrevocadores de gutagamba. Obtuvo un empleo de supervisor en un matadero de aves en Quintanar de la Orden y malvendío el apartamento en Las Vistillas. Unos meses más tarde donó el adosado de Chapinería a
una institución benéfica dedicada a acoger a pintores afectados de acromatopsia cerebral irreversible.
Como dice el refrán: “Quien más pone, más pierde”. Indica que en los asuntos de la vida, por ser de suyo, imperfectos, el que los acomete con más calor y entusiasmo suele recibir como pago mayor amargura y desilusión.

Laus Deo







miércoles, 3 de febrero de 2016

Nuevas publicaciones de la Biblioteca Ilustrada de la Fundación Enrius


















ORIGEN DE LA CIVILIZACION OPARVORULA y

El POEMA ÉPICO LA TWATWAWUKARIA.


El punto de partida de la civilización de los pueblos que ocupaban la Península de Burelandia se establece con la confluencia de dos etnias claramente diferenciadas:
En la Burelandia septentrional, una rama de la familia Pordicea y en la Burelandia meridional, los primitivos Pandoviros.

Por otro lado, son diversos los estudios que tratan de explicar el origen del nombre de esta ignorada península. Nos fijaremos en dos de los más significativos.
Burelandia expresaría algo similar a “tierra de entretenimiento, de diversión “Bureo-land”.
A esta etimología se oponen quienes, tildándola de superficial y frívola, explican su origen como un evidente galicismo ¨”Bureau-land”, tierra de oficinas o despachos y por tanto de oficinistas.
Últimas investigaciones son proclives a la primera hipótesis que consideran más acorde con el carácter de esta etnia.

Sea como fuere, lo cierto es que la tribu Pordicea  pasa de la condición nómada, a lo largo de las planicies del norte peninsular, a una organización social sedentaria colonizando los márgenes del Gran Lago Twatwawuka 
en el centro geográfico de la península.
El acto de unificación de Pandoviros y Pordicea a orillas del Gran Lago Twatwawuka.

Paralelamente, los Pandoviros abandonan súbitamente su costumbre de hablar a gritos para llevar a cabo un esfuerzo histórico de moderación sonora y contención fonética. 
Siguiendo el camino de los Pordiceos, se establecen a orillas del Gran Lago Twatwawuka iniciando una convivencia que pone en práctica los beneficios de la pausada conversación.
Ambas etnias descubren el placer de esta práctica que les hace acceder a un grado superior de civilización, erigiendo un monumento en la ciudad de Obelia, al NE de la península, que conmemora la adquisición de esta práctica. El arquitecto Satpoura Bendisben es el encargado del diseño de este hito de carácter minimalista y polisémico que se constituye en una de las más relevantes muestras del arte público, todavía denominado Pandopordiceo.


Monumento a la Conversación en la ciudad de Obelia obra del arquitecto Satpoura Bendisben.


A orillas del Gran Lago Twatwawuka surge pues una etnia locuaz y dialogante, fruto de varios siglos de plática , de cuyos intercambios nace una concepción del universo y una filosofía basada en un vitalismo dionisíaco expresado en la máxima:

                 A VIVIR, QUE SON DOS DIAS.                                   

Civilizaciones posteriores acuñaron el conocido CARPE DIEM con semejante intencionalidad.

La unificación de estas dos tribus, propiciada y presidida por los dos grandes líderes del momento, Nemoredo El Majestuoso y Elpene Cavallero y consumada como consecuencia natural de estos intercambios, da origen al pueblo Oparvorulo que ocupará la península de Burelandia y desarrollará una cultura y una civilización de inusitado esplendor.
El gentilicio “oparvorulo” proviene, al parecer, de la comprobada fascinación que ambas familias, Pandoviros y Pordiceos, mostraban hacia una forma de expresión visual que usaba unos modelos o patrones que parecían moverse o producir otras facetas de vibración lumínica.
Estos productos visuales, propios de la región oriental de la península, fueron denominados, OP. Art., y aquellos que lo ponían en práctica, recibieron el nombre de OP Art Vorulos, es decir, artistas vibrantes en constante movimiento.
Sin embargo esta hipótesis etimológica no está, en la actualidad, universalmente aceptada.




                            LA TWATWAWUKARIA

 Poema épico de los orígenes del pueblo oparvorulo
                                   

A orillas del Gran Lago Twatwawuka , la reunión de Pandoviros y Pordiceos atravesó diversos momentos marcados por la tensión, los desencuentros y las dificultades propias de los pueblos con distintos lenguajes y temperamentos, al parecer irreconciliables.
La paciencia sin límites de traductores, intermediarios y negociadores y los períodos de descanso impuestos por la vertiginosa dinámica de las sesiones, atemperaron la inicial violencia de estos encuentros que solían durar varios días.
Alonso Ublile, historiador de la antigüedad oparvorula, menciona en sus escritos la primera narración de una antiquísima leyenda que se irá conformando con el tiempo, en forma de poema épico reconocido como propio por Pandoviros y Pordiceos.
Algunos bardos y juglares venidos del norte relataban, desde tiempo inmemorial, las guerras libradas entre los Orreskinos y los Pedonios, en los remotos días de un pasado del que nadie guardaba memoria y entre estos cantores nómadas circulaba el
nombre de Mardoneo Chwatachwk, poeta a quien se considera como  primer compilador de esta leyenda.

Su argumento es el siguiente:

El decimocuarto monarca de una oscura dinastía, los Pedonios, llamado Galenolario, tuvo seis hijos fruto de su matrimonio con la entonces princesa Ogunda. Fueron éstos, Konturio, Sidona, Nordeo, Mekelina, Sínfono y Paramarlina, ciega de nacimiento.

Retrato oficial de la Familia Real de los pedonios. De izquierda.a derecha, Sínfono con sus atributos sobre la cabeza,Simona sentada a horcajadas, el rey Galenolario, la reina Ogunda, tras ella Nordeo el hermafrodita, Konturio el mago con el almirez alquímico, sentada debajo, Paramarlina la ciega, Mekelina con los mismos atributos sobre la cabeza. Reconstrucción histórica y dibujo de Romanillos.

Los seis hermanos mostraron muy pronto la diversidad de sus caracteres y una actitud ante la vida del todo singular.
Mekelina y Sínfono, ambos de ánimo fuerte y decidido, se orientaron a la práctica de los ejercicios corporales que requieren energía y destreza, desarrollando una difícil especialidad deportiva cuyo objetivo era el de romper grandes piedras con la cabeza en el menor tiempo posible.
Konturio, el primogénito, iniciado desde niño en los misterios de la magia negra por un chamán tramontano, paseaba por los prados y dehesas transformando algunos animales domésticos en seres humanos desprovistos de raciocinio y ciegamente obedientes a sus mandatos. Al cabo de varios años, logró reunir un ejército de esclavos con los cuales formaba torres de hasta doscientos codos de altura, o más. El último de estos autómatas, encaramado en lo alto, predecía con notable precisión y acierto los baguíos o tifones, muy frecuentes y dañinos en aquellas latitudes.
Sidona, la segunda hija de Galenolario y Ogunda, desengañada de la vida contemplativa  a la que se había entregado demasiado joven, se ocupaba en la venta de terrenos y lo hacía de manera compulsiva y sin ningún criterio geográfico ni catastral pues de la misma forma pignoraba las orillas de los lagos y embalses, como prestaba a la hipoteca, extensas planicies dedicadas al cultivo de la berenjena. Carente de este imprescindible criterio selectivo, y sin la menor capacidad de organización ni planificación, vendió por tres veces, y a distintos compradores, los mismos terrenos en un enclave junto a las colinas de Janto de los Arroyos, por cuya operación fue encarcelada y  murió  en prisión pues se había negado a ingerir alimento ni sólido ni líquido en protesta por lo que ella consideraba un castigo desproporcionado.
Tras el óbito, se transubstanció en Parvuna Solaz, un ángel que vigila los linderos y a quien otros llaman Muga por su afición a establecer ciertos límites territoriales.
Paramarlina, la ciega, se encaprichó al morir su hermana Sidona, de un mitrocéfalo caligniforme con el cual quiso huir hacia las playas próximas a Puerto Pájaro.
Pidió ayuda para este intento a su hermana transubstanciada en Muga que resultó buena conocedora del terreno y excelente guía en esta aventura.
Vanos resultaron los esfuerzos de sus padres, el rey Galenolario y la reina Ogunda, para convencer a Paramarlina de lo inapropiado de tal decisión pues, como es sabido, el amor también es ciego y no hay razones que el corazón enardecido pueda o quiera escuchar.
Los mitrocéfalos caligniformes, inclinados por su naturaleza a los juegos de azar, no son adecuada compañía para una joven invidente, pero nada pudo la insistencia de los monarcas ante la testarudez de su hija.  Paramarlina, de vuelta de Puerto Pájaro, contrajo matrimonio con la bestia en un remoto santuario que, bajo la advocación de dios Anchernos, se había establecido junto al asentamiento de Nueva Getafe.
Cuenta la leyenda que fruto de esta unión, nació el primer gonoplax cuya especie se extendió más tarde por toda la península de Burelandia.
Las propiedades organolépticas de este híbrido de molusco e himenóptero, hicieron grande a la gastronomía oparvorula cuando, siglos más tarde, los gourmets de la península descubrieron la sólida textura y los deliciosos aromas y sabores liberados en la cocción de sus carnes morenas.
Nordeo, el tercero de los hijos, descubrió un buen día, su condición de hermafrodita  que vino expresada en los aspectos relacionales por su carencia de afición a ninguno de los sexos conocidos hasta el momento y en los aspectos anatómicos por un extraordinario desarrollo y contigüidad de los que, más tarde, identificaría como sus órganos reproductores. Entretenido en cierta ocasión en la tarea de enhebrar uno con otro, se sorprendió a sí mismo en la cúspide del clímax no por inesperado menos placentero.
Ante esta abrupta situación y temiendo haberse quedado encinto, decidió casarse inmediatamente y formar una familia. Vistió sus mejores galas y acudió al mismo santuario donde se había casado su hermana Paramarlina, por ver de continuar la tradición familiar. Vailanu, el chamán de Nueva Getafe que ostentaba la condición de prior de la comunidad religiosa  del santuario, sorprendido en un primer momento al ver aparecer a Nordeo con la pretensión de casarse pero sin la novia, manifestó su extrañeza mientras agitaba una pequeña escoba de algas con la que solía llevar a cabo las liturgias matrimoniales.

-¿Y la novia?, preguntó Vailanu.
-Ella está siempre conmigo, contestó Nordeo.

Esto dio origen a los primeros versos de lo que más tarde se conocería como “La Twatwawukaria¨

ELLA ESTÁ SIEMPRE CONMIGO Y SU           
CORAZÓN  ME PERTENECE

Dos mil seiscientos versos cuadrofónicos completan a continuación el canto de amor de Nordeo a su amada, tan íntimamente ligada a él.

Mientras tanto, en los helados páramos de La Trocha del Perdiguero, Mekelina y Sínfono estaban entregados a su deporte favorito rompiendo pedruscos con la cabeza a un ritmo enloquecido. En el fragor de su entusiasmo deportivo no cayeron en la cuenta de que se habían adentrado en el territorio de los orreskinos, sus mortales enemigos, que odiaban a los picapedreros por ser un pueblo con escasos recursos de cantería.
Mekelina  era capaz de trocear una enorme roca de pórfido  obteniendo no menos de seiscientos pedrujones por sesión y una loseta que solía guardar para sí. Estaba adiestrándose en esta práctica cuando un guerrero orreskino que se había deslizado silenciosamente hasta alcanzar la proximidad de la joven, se abalanzó sobre ella derribándola al tiempo que la golpeaba en la cabeza con su maza de granito porriño. Pero cuál no sería la sorpresa del guerrero al ver su arma reducida a un montón de cascajos esparcidos por el suelo tras la colisión con el cráneo impenetrable de Mekelina, que resultó indemne.

Aquí sitúa la leyenda el comienzo de la guerra entre los Orreskinos y los Pedonios, pues al acudir Sínfono en auxilio de su hermana, propinó al orreskino un golpe con tal ímpetu que la cabeza y parte del tronco del guerrero quedaron reducidos a garbancillo.
Se inicia en este punto la segunda parte de los zoclos épicos de la Twatwawukaria cuando Sínfono, tras reducir al guerrero orreskino en dicha proporción, se dirige a su hermana, agitada aún por el lance y le canta esta conocida estrofa:


             COMO TOMASTE, ALDONZA
             DE LA TARASCA MODELO
             POR ESO LLEVAS EL PELO
             CON TRENZAS DE JERIGONZA

Siguen a ésta, mil ochocientas estrofas más en similar estilo e intención.
Supone Alonso Ublile, el compilador de la antigüedad oparvorula, que Sínfono confunde momentáneamente a su hermana con Aldonza, una campesina de la que anda enamoriscado, asegurando que tal labriega es natural de un lugar de lo que él llama La Mancha, y de cuyo nombre no consigue acordarse.

Veinticuatro mil versos más tarde, Sínfono cae en la cuenta de su error el cual achaca a su falta de costumbre en la correción del paralaje y en lo desordenado de sus lecturas. Para entonces Mekelina, que se ha mandado practicar la trepanación al objeto de aliviar una persistente flatulencia occipital, ha salido de la región de los orreskinos en busca de su hermano Konturio.
Este hermano sigue entregado a las prácticas de magia negra y ha concluido la tarea de transformar un rebaño de Morrocutís de frente dorada en un grupo de castellers  a los que obliga a actuar en público en la región de Gaudencio Palafrugell, junto al cabo Malapena.

La torre se levanta por encima de los ochenta codos geométricos sobre el nivel del mar, habiendo anunciado el grumete, desde la cumbre, nubosidad variable y la llegada de una borrasca.
Mekelina convence a su hermano para que amplíe esa torre y la traslade frente a la fortaleza de los orreskinos con el fin de arrojar desde ella gran cantidad de piedras de diversos tamaños y conseguir de ese modo, la rendición del bastión que cierra el paso al territorio de Rojo de Alizarina, enclave principal del dominio orreskino.
Konturio accede a la solicitud de su hermana e inicia los preparativos para el asedio cuando llega un mensajero anunciando a Galenolario rey de los Pedonios. Este monarca había decidido visitar a su primogénito, tras el divorcio de su esposa Ogunda, madre de los seis hermanos, seguido de una precipitada boda con una esclava del sagrado corazón manumitida por reciente decreto.
Konturio, enfurecido, se niega a recibir a su padre acompañado por la nueva esposa y amenaza con licenciar a los castellers, “si esa furcia se acerca a mi casa”.
Mekelina intenta calmar a su hermano argumentando que, en plena guerra con los orreskinos, no es el momento para discusiones domésticas.
A  todas estas llega el rey Galenolario acompañado por la esclava libre y precedido por un coro de jenízaros, un batallón de modistillas y otro de regulares, que no son tal sino peores, pues imponen la presencia del monarca por la fuerza de las armas. Konturio, ante los hechos consumados, se enfrenta a su padre echándole en cara sus veleidades amatorias y el imperdonable matrimonio con la sierva.

ESCLAVO DE TUS PASIONES
FORNICAS CON UNA ESCLAVA
Y ABANDONAS A MI MADRE.
YO NO ACEPTO TUS RAZONES
ESTO ES UNA CANALLADA.

De este modo se inicia la tercera  parte del zoclo épico en la cual  la esclava resulta ser en realidad, una princesa orreskina introducida en el gineceo de Galenolario,  al  cuidado de una dueña extranjera. Nacida en la ciudad de Milonga, esta princesa  era la propia Amatia de Risso, que había sido la amante de Avramanda Raaka Nui, el intérprete de tamboura que tuvo el desafortunado encuentro con Doris Raipepla el famoso gasterópodo de Santos Ruiz.
Avramanda había sido en su juventud un personaje  muy popular por haber inventado el matamoscas de material sintético y provisto de un veneno mortal impregnado en sus bordes. Tras esta sensacional aportación al bienestar de la vivienda moderna, su nombre había caído en el olvido como es habitual en las desagradecidas estructuras sociales de la modernidad.

Finalmente, persuadido por los ruegos de su hermana y al saber del pasado principesco de la nueva esposa de su padre, Konturio acepta a regañadientes a su madrastra y pone manos a la obra para formar la torre de castellers zombis frente a la fortaleza de los orreskinos.

Tres rebaños de Morrucutís de frente dorada y dos recuas de Mitrocéfalos caligniformes son transformados  y aparejados en una estructura viviente de quinientos codos de altura, o más.
Mekelina se ofrece para subir a la cúspide desde donde arroja cientos de pedruscos sobre el enemigo que sufre numerosas bajas. Cae finalmente la fortaleza tras el incesante asedio durante el cual los orreskinos soportan el impacto de toneladas de cascote. Los pedonios toman posesión del reducto sobre cuyas ruinas pasea triunfante el rey Galenolario precedido de su batallón de modistillas y de regulares. En ese momento el rey anuncia su decisión de fundar, sobre las ruinas de la fortaleza, la nueva ciudad pedonia que tomará el nombre de Nantún, a orillas del lago Soletilla.
Aquí se inicia la última parte de los zoclos épicos con un extenso poema que canta la gesta victoriosa de los guerreros pedonios y la fundación de la ciudad capital, con este comienzo descriptivo y alegórico:
               

       FUI SOBRE AGUA   EDIFICADA
       MIS MUROS DE FUEGO SON 

lema que hace referencia al chispazo que brilla, efímero pero terrible, al entrechocar las piedras de sílex troceadas por los hermanos canteros  Mekelina y Sínfono  que se abrazan con gran emoción.
De las cenizas del reducto orreskino surge luego triunfante el Nelanodero Apizarrado, Ave Fénix de Nantún, la ciudad sagrada de la nueva Burelandia. Este pájaro será con el tiempo y debido a sus extensos conocimientos en el cálculo de estructuras, quien inicie la construcción de la mítica Gran Musaka. monumento primordial de la arquitectura oparvorula.
La Twatwawukaria, poema épico en el que se reconocen Pandoviros y Pordiceos, surge junto a un lago, el Gran Lago Twatwawuka, y encuentra su fundamento civil y militar junto a otro, el lago Soletilla, escenario futuro de la batalla decisiva en la historia de la península de Burelandia.

Asegura Alonso Ublile, historiador de la antigüedad oparvorula, que no es posible por el momento disponer de una traducción completa del poema, pues los más  de noventa mil versos que lo componen hacen de esta tarea una empresa de envergadura ciclópea que ha de llevarse a cabo con la necesaria minuciosidad que tal documento requiere.

En esta labor se encuentra empeñado en la actualidad un equipo de especialistas de la Fundación Enrius, dentro de un programa cofinanciado con fondos da la CEE, la UIA, la GLUP y la  FRRSST.