domingo, 31 de enero de 2016










Alma Espinosa
Una tarde de otoño en los jardines de Praga

  

 Alma Espinosa nació en Praga el 4 de marzo de 1867 y fue la segunda hija habida en el matrimonio formado por Katerina Didulicka Finelius y Venceslao Espinosa Poborosky, aristócrata descendiente de emigrados españoles afincados en Olomouc, una de las más bellas ciudades de la región de Moravia ,en las postrimerías del siglo XVIII. Su infancia transcurrió en una hermosa mansión de estilo barroco con escalinatas de mármol, rodeada de extensos jardines diseñados a la manera versallesca. Ya en esta feliz primera etapa de su vida, Alma Espinosa mostró una especial predilección por los insectos, afición heredada de su padre  don Venceslao, que los coleccionaba cuidadosamente ordenados en vitrinas, en la biblioteca de la mansión familiar. Dedicaba Alma Espinosa una atención  especial a los Lamelicornios que son  los que pertenecen a la familia de los Pentámeros. Esta familia no fue una elección casual ni caprichosa pues la joven mostró muy pronto, junto con su vocación entomológica, una gran delicadeza y una inclinación por lo bello en cualquiera de sus manifestaciones, y es bien sabido que los Lamelicornios constituyen una de las más bellas familias del Orden de los Coleópteros.
     Son varias las tribus que se conocen dentro del grupo de los Lamelicornios a saber, los coprófagos, sencillos y laboriosos comedores de    mierda en todas sus variedades, los arenícolas, como el Bolboceras, provistos de dos mandíbulas exógenas, sencilla y cóncava la una y bidentada la otra, los pecticornes y los jilófilos cuyo máximo exponente es el famosísimo Scarabeus, por quien Alma Espinosa mostraba verdadera pasión.

    Una tarde dorada de otoño, cuando los parques de Olomouc mostraban, nostálgicos del estío, sus rutilantes colores tornasolados, Alma Espinosa paseaba por el frondoso jardín de la mansión familiar cuando tuvo ocasión de observar las andanzas sincopadas de un auténtico Geotrupo Falangista, un jilófilo que iba y venía sobre un oloroso montón de estiércol.

    Magnífico ejemplar, pensó la joven fascinada por los rítmicos contoneos del escarabajo que trazaba sus trayectorias con milimétrica precisión. Alma Espinosa, de natural callada y reflexiva, no era proclive al vano parloteo propio de las muchachas austrohúngaras de su edad, de manera que su carácter introvertido era una singularidad mal aceptada en el denso círculo social en el que se desenvolvía la familia Espinosa-Didulicka. En varias ocasiones sus padres, don Venceslao y doña Katerina habían tenido que llamar la atención a su adorada hija reprendiéndola cariñosamente, ante los silencios tan prolongados de ésta que, a su entender, rayaban en la descortesía. Pero aquella tarde de otoño, Alma Espinosa sintió la imperiosa necesidad de hablar con el jilófilo. Inclinándose lentamente hacia abajo por temor a espantar a tan espléndido ejemplar de Geotrupo Falangista, se dirigió a él pronunciando sus palabras con voz queda y con una cuidada vocalización: 

 Qué hermosa tarde, ¿no es cierto?

     El Geotrupo, que escarbaba con ahínco en el húmedo mantillo, contestó con naturalidad sin dejar de seleccionar las más sabrosas briznas:

     Así es, ya no son frecuentes tardes tan templadas en esta época del año.

     Nacía en aquel momento una sincera amistad.
     Scarabeus, que confesó ser jilófilo de tercera generación y tener su residencia junto a los macizos de boj, mostraba un talante abierto y cordial, al tiempo que ofrecía a la joven una redondeada porción de estiércol:

     Esta es exquisita, ponderó, sin fertilizantes artificiales, lleva algún resto de lombrices frescas y perfumes de romero con unas notas de hierba luisa. 

     Scarabeus hablaba un lenguaje  de metálico acento y de agudas aristas sonoras pues su lengüeta, oculta por la barba, estaba visiblemente inconexa y truncada en su extremidad anteroposterior.
     Sentada al borde de la pequeña montaña de mierda, Alma Espinosa recogió con cuidado el obsequio y lo guardó en una redoma de plata que siempre llevaba colgada al cuello.

    Gracias, amigo mío, lo guardaré para la merienda.
    
     Iba cayendo la tarde y los nuevos amigos ya se miraban a los ojos con dulzura. Las sombras de los macizos de boj crecidos salvajemente, cubrían el césped que brillaba  ahora con la humedad de la incipiente escarcha y el sol del otoño agonizaba escondido tras un espeso manto de nubes cuando los amantes hablaban quedamente en susurros entreverando sus miradas.
  
     Era un Megasoma, exclamó súbitamente Alma Espinosa bajando los ojos, no era un verdadero Scarabeus. Sus tarsos dentados en la mitad inferior, evidenciaban un cuerpo muy abultado que se prolongaba en unas fuertes mandíbulas dilatadas por la base. Recuerdo que los palpos maxilares estaban provistos de tres artejos cada uno, el último más largo que los precedentes, oblongo y de un color pardo casi negro, con un tubérculo muy grueso y el coselete, generoso, con dos cuernos muy fuertes, los élitros casi lisos y un poco plegados cerca de la sutura. Sucedió en Cayena, un radiante día de verano, cuando mi hermana Desirée molía pimienta secada al sol del trópico y mis padres paseaban por la playa.

     Scarabeus supo en ese instante que Alma Espinosa se estaba refiriendo a su primo Porrupus, pues era casi imposible encontrar otro Mesonema en las playas de Cayena y en aquella época del año, pero no quiso entristecer a su nueva y ya inseparable amiga sin tener la certeza absoluta.

     Fue inevitable, Alma Espinosa quería excusarse con una dolorida ansiedad reflejada en su semblante:
  
    Se cruzó en  mi camino corriendo enceguecido en persecución de una larva de rutela, yo ví que estaba hambriento y es todo lo que puedo recordar. Murió dulcemente, bajo mi zapato izquierdo, una lágrima resbaló por la mejilla de la joven, guardé su cadáver en un relicario de cristal de Bohemia y aquella noche no pude cenar.

     Scarabeus permanecía en silencio, con el coselete fruncido en un gesto de dolor. Al cabo de un rato se decidió a hablar:

     Je suis galvanisé, abasourdi, j´ai le coeur gros ce soir. 
    C´ètait mon cousin Porrupus sans doute.

     Scarabeus sabe que en francés, los acentos metálicos de su lenguaje de Geotrupo, totalmente inadecuados en esos momentos de dolor, desaparecen evitando así tensiones desagradables.

     Es tarde, debo volver a casa, se excusó Alma Espinosa para no seguir ahondando en la herida, si necesitas algo mantendré abierta la puerta de mi dormitorio durante toda la noche.

     Scarabeus quedó solo sobre el estiércol viendo caer las últimas sombras de la tarde.

     Alma Espinosa agitó suavemente su pañuelo perfumado mientras se alejaba:
     
    Si no vienes esta noche lo entenderé, pero mañana te esperaré junto a las azaleas hasta que vengas. Te amo.


                               Fotografía de Kristen Hatgi.

martes, 26 de enero de 2016

DONDE SE RELATA LA HISTORIA DEL EMPERADOR SOMETIDO A CAUTIVERIO EN UN APACIBLE RINCÓN DE MADRID




Quiere una tradición no contrastada y de dudoso origen, que habiendo sido reclutado el escritor y periodista Rafael Fraguas de Pablo por una partida revolucionaria  de chisperos y manolos en el Madrid invadido por las tropas imperiales francesas, le fue ordenado el secuestro y retención del Emperador en un domicilio secreto que puso a su disposición la duquesa Onésima Stanhome, sobrina carnal del general Jean-Andoche Junot que era una antigua “sans culotte” resentida.
Informado por un propio acerca de la presencia aquella noche de Napoleón en el Teatro de Los Caños del Peral y obedeciendo de buen grado las indicaciones de la célula, Fraguas espera la salida del Emperador oculto en un portal en los aledaños del tabladillo. Al terminar el primer acto de la función y en el momento propicio en el que Bonaparte sale a orinar en la plaza, cae sobre el desprevenido corso, en una hábil maniobra llevada a cabo con nocturnidad pero sin alevosía y con ayuda de dos serenos armados con chuzos de punta (a la bayoneta calada), reduce a Napoleón sin daños físicos de consideración. Ciegamente existiendo, ciegamente afirmando, como un pulso que golpea las tinieblas(sic), el Emperador mira de frente los vertiginosos ojos de la muerte(sic) pero Fraguas, misericordioso, se limita a maniatar al tirano y conducirlo luego luego hasta el lugar convenido.
Tras una sigilosa marcha por entre las sombras de la noche, más allá de Chamartín de la Rosa, donde reina, aparte de Fernando VII, un silencio sepulcral, los secuestradores llegan a un paraje que dicen de Las Cuatro Fanegas donde, flanqueado por un frondoso pinar que también dicen del Rey, se alza un palacete de Estilo Imperio propiedad de la duquesa Stanhome.
Todo está preparado para llevar a cabo el enclaustramiento de Bonaparte, cuando un fámulo de librea y calzón corto, atendiendo a los apremiantes aldabonazos, hace girar los goznes de la pesada puerta de nogal franqueando el paso a la comitiva.
Con la cabeza cubierta con oscuro paño buriel, Bonaparte, ultrajado pero insumiso, se revuelve ante el oprobio, manotea, maldice en gabacho y amenaza. Todo es inútil pues el escritor y sus secuaces no aflojan las ligaduras en evitación de mayores desaguisados. Sobresaltada por el alboroto, la duquesa acude flanqueada por dos camareras, una esclava nubia y un doméstico núbil, nativo de Socuéllamos, a quien ordena  que señale el habitáculo reservado  para el ilustre cautivo.
Oculta en el interior de la escalera del palacete por donde bajan habitualmente la esclava nubia y algunas huéspedes ilustres, se ha habilitado una estrecha mazmorra sin cabezada en la que se ha dispuesto un jergón de paja, una jofaina y un orinal de loza que constituyen los únicos elementos de descanso, aseo y alivio corporal del reo.
Bajo el suelo del salón y cubierto por una tarima en taracea  de pino mélix, se ha habilitado una suerte de aljibe o cisterna practicable a través de un mecanismo disimulado en el interior de la chimenea.
Quiere la tradición que en días alternos, el escritor saca al Emperador de su encierro y sujeto con una estórdiga de cuero cordobán, le permitirá un breve baño relajante.
Esta incómoda situación se prolonga por espacio de varios días hasta el momento en el que el Efecto Retroactivo sale del arcón donde habitualmente se aloja y, tras beber su dosis diaria en el aljibe, restituye las coordenadas espacio-temporales poniendo a cada uno en su sitio.
Dicen quienes asistieron a los acontecimientos que el escritor volvió a materializarse en el Campo del Moro continuando su paseo dominical mientras reflexionaba acerca de su próximo libro en preparación que versaría sobre los personajes e historias de la ciudad e interesando a prácticamente todos los sentidos.
Así se escribe la historia.

Honorato Esperandieu Fernández-Chutney
De la Real Academia de Bellas Letras de Socuéllamos





lunes, 25 de enero de 2016

LA NUEVA BIBLIOTECA DE LA FUNDACIÓN ENRIUS Una colección de relatos breves



Nuevos moluscos ejemplares. Venus Ortega

Venus Ortega constituye uno de los más significativos ejemplos de transexualidad responsable y comprometida con su entorno.
Nacida hermafrodita y destinada desde la cuna a autosatisfacerse, tanto en las funciones puramente venéreas como en las reproductivas, percibe desde la infancia un desajuste orgánico y psíquico de enormes proporciones.
Molusco marino de concha libre, regular y equivalva, goza de las primera humedades en el Océano Pacífico junto a las costas de Papuasia y en las proximidades de Port Moresby.
Venus Ortega fue el cuadragésimo tercer retoño de una distinguida familia de conchíferos dimiarios y estuvo considerada  como una de las más hermosas conchas bivalvas habidas en un feliz matrimonio de Tubícolas Mitropanúcidos constituido por Tareto Ortega Tubotestáceo y Teredina Personata, descendiente de famosos fósiles europeos.
Tuvo la fortuna de poseer desde muy temprana edad, tres dientes cardinales muy juntos en cada valva además de un manto abierto por delante dejando espacio a dos hermosos sifones extensibles. Esto unido a una notable afición por la literatura en general y el ensayo filosófico en particular, hizo de ella un ejemplar único en su especie. Pero andando el tiempo estas notables cualidades no iban a impedir la aparición de un terrible desarreglo hormonal que marcaría su existencia de manera indeleble.
Al poco tiempo de terminar sus estudios de grado medio en el arrecife de Vanuatu, Venus Ortega experimenta unas inconfesables  pulsiones sexuales que aparecen inesperadamente en forma de deseos hacia un joven compañero de curso, Bucarda Soleniforme, un líder de opinión muy respetado y activo  como delegado de curso en los medios escolares. Educada en la estricta obediencia  hermafrodita y salmácida, Venus Ortega es incapaz de comprender la etiología de estos perversos deseos y sufre en silencio, obligada a ocultar sus infames apetitos.
Los ardores sobrevenidos pese a sus esfuerzos por ocultarlos, persisten y la picazón sexual se hace insoportable. Decide entonces enmascarar su situación observando una conducta irreprochable pero no puede evitar los efectos sicosomáticos de la represión que propicia un inquietante abultamiento en el borde interno de sus valvas y perjudica a ojos vistas la elasticidad propia del ligamento exterior que cubre el escudo.
Tras varios meses de sufrimiento, Venus Ortega se decide a abandonar las arenas familiares arriesgándose a los peligros de una azarosa existencia lejos del arrecife.
Una templada noche de verano, tras la marea baja e instalada provisionalmente junto a la isla de Nukualofa, Venus Ortega que ha empezado a beber de manera compulsiva, se encuentra en un estado alterado de conciencia cuando percibe junto a ella a una citerea de concha equivalva. El molusco, que trata de resultar amable iniciando una conversación banal, se presenta como Citerea Meretrix perteneciente a la primera división del primer grupo. Dice en tono amistoso, provenir del Océano Índico y encontrarse en Nukualofa disfrutando de unas cortas vacaciones que han constituido el premio de un concurso radiofónico. La conversación transcurre pausadamente y en tono de gran cordialidad pero Venus Ortega, cuyas facultades cognitivas se encuentran sensiblemente mermadas por la melopea, anda haciendo eses entre las anémonas.
_¡No soy hermafrodita!, confiesa repentinamente en un arrebato de sinceridad mientras expulsa por los sifones un potente chorro de agua turbia.
Ante esta inesperada declaración, Citerea Meretrix decide explayarse a su vez explicando con naturalidad sus propias tendencias bisexuales. Ya sin frenillo, las dos amigas encuentran en la mutua confesión de sus  desdichas, un alivio al sufrimiento que origina la ocultación de los deseos.
_Me siento como un gusano, explica Venus Ortega, un gusano rígido, filiforme y desnudo.
Nuestro molusco relata, ya sin pudor, cómo desde siempre ha sentido la necesidad de manifestar libremente sus inclinaciones sensuales que se corresponden con las de un gusano rígido, filiforme y desnudo y concretamente con las de un estronglo cuyas apetencias vienen condicionadas por su hábitat que es el del intestino grueso de los hombres, las mujeres y el de algunos caballos de raza árabe. Confiesa que su tragedia es la de sentirse como un gusano sexuado atrapado en el cuerpo de un molusco hermafrodita al que odia desde ninfa.
_¡Tengo que operarme, no puedo seguir viviendo así!
La confidencia quirúrgica hace mella en Citerea Meretrix que , asustada y sorprendida, no sabe qué responder.
_¡Quiero una bolsa foliácea! ,sigue gritando Venus Ortega, ¡Si puede ser, oblicua, y  una boca vellosa y un bálano como los cuculanos!
_Eso es muy caro, objeta Citerea Meretrix, y hoy por hoy es imposible operarte en el arrecife.
_Sé de un cirujano en Samoa, insiste Venus Ortega, me han dicho que hace milagros en esta clase de intervenciones-
_El milagro sería que pudieras llegar a Samoa en esta época del año tal y como está la Corriente del Golfo, ironiza Citerea Meretrix, yo tuve un cliente en la playa de Avarúa dispuesto a operarse la trompa pues realmente la tenía muy pequeña. Fue una carnicería y estuvo más de un año sin poder hacer nada, ya me entiendes, no te lo aconsejo.
_¿Un cliente?, pregunta sorprendida Venus Ortega.
_Sí, claro, uno de los más asiduos. Viene a verme dos veces por semana.
_Pero tú ¿qué vendes?, pregunta ingenua Venus Ortega.
_Vendo mi cuerpo, naturalmente, contesta Citerea Meretrix mientras estira perezosamente sus valva derecha.
La inesperada revelación estalla con violencia ante el asombro de Venus Ortega que no da crédito a sus sifones.
_Las citereas estamos desde ninfas, entregadas al comercio carnal y en mi caso, como Citerea Meretrix, con mayor dedicación, es nuestro carácter y no hay nada de qué asombrarse.
Citerea Meretrix enumera a continuación las más significadas variedades de su especie que como tales son conchas marinas sólidas, generalmente muy bellas y de diversos colores : Citerea de los juegos, Citerea cortesana, Citerea impúdica, ella misma como Meretrix, paradigma de la especie y siendo las más cotizadas entre la clientela de la Melanesia, Citerea jovencilla, la veneciana, la impar llamada así por su excepcional belleza, la competidora que conoce las más refinadas técnicas amatorias, o Citerea casta que añade un especial interés por sus deliciosos remilgos.
_Pero yo no quiero ser puta, se lamenta Venus Ortega recuperada ya de la trompa, yo solo quiero cambiar de sexo.
_Pues lo tienes difícil porque el viaje hasta Samoa, el quirófano, anestesista y cirujano te cuestan un ojo de la valva y desde luego todo eso no te lo cubre el seguro. Y luego, allí tienes que vivir de algo porque claro, como hermafrodita tú te lo guisas y tú te lo comes pero ya con un solo sexo la cosa se complica.
Por primera vez Venus Ortega se enfrenta a la cruda realidad. Se trata entonces de romper con todo el pasado y empezar una nueva vida llena de riesgos e incertidumbres, lejos del arrecife el mundo es cruel y exige un alto precio por la supervivencia.
Sin embargo, la fortuna habría de acudir a favor de este molusco brindándole una oportunidad de las que no se presentan con frecuencia.
Venus Ortega se había enterrado en la arena tras el doloroso enfrentamiento con la realidad y absorbía y expulsaba el agua a través de ambos sifones procurándose algún alimento en forma de residuos sólidos marinos y microorganismos baratos, cuando una fuerza portentosa de origen desconocido la arrancó violentamente de su quehacer polífago. En un abrir y cerrar de valvas se sintió alzada del lecho arenoso por lo que, más tarde comprendió, eran las callosas manos de un aborigen papú, buscador ocasional de almejas. Sorprendido por la belleza del molusco, el pescador Taaroa Pomaré, que tal era su nombre, se maravillaba con las iridiscentes tonalidades que la concha de Venus Ortega exhibía recién salida del mar y expuesta a la brillante luz del trópico.
No era la primera vez que Venus Ortega entraba en contacto con la raza humana pues a través de algunas prácticas escolares en Vanuatu, había sido instruida en la forma idónea de comportarse con los individuos de esta especie. No es infrecuente por otra parte, que los indígenas de Papuasia y Nueva Guinea cambien impresiones con los moluscos, con carácter selectivo desde luego, pues con la práctica cotidiana conocen las especies más adecuadas para la conversación con lo que, gracias a su previa experiencia escolar,  nuestro molusco pudo evitar caer en la bolsa de malla que Taaroa Pomaré se ajustaba a la cintura con objeto de almacenar mariscos y crustáceos. Tras las presentaciones de rigor y con la ventaja de haber seducido al aborigen con la iridiscente belleza de su concha, Venus Ortega explicó sin rodeos las dificultades por las que estaba atravesando justo en el momento de ser sorprendida bajo la arena. Glosó de forma clara y sin excesivo énfasis lo doloroso que resulta vivir con una sexualidad trastocada y a merced siempre de unas pulsiones que no se ajustan a lo establecido.     
Taaroa Pomaré escuchaba con atención las razones del molusco mostrando una generosa comprensión pues se trataba de un espíritu abierto y tolerante.Dijo entonces el aborigen:
_Te tuunui eeaeite Atua ,quien es grande  o de mucho valor, se sustenta en el espíritu de Dios.
Con esta sentencia Taaroa Pomaré exhortaba a Venus Ortega a confiar en el Paráclito, el cual proveería lo necesario y  lo más conveniente en tan difíciles circunstancias. Dotado, además, de un talante ecléctico, el pescador papú indicó a continuación que existía otra posible vía para abordar el problema de Venus Ortega caso de que ella por sus particulares creencias, no estuviera decidida a confiar en la Providencia Divina.
En primer lugar habrían de dirigirse ambos, molusco y papú, hasta el marae, que es un templo al aire libre constituido por un montículo rodeado por una empalizada en cuya cima se encuentra un altar formado por varias piedras planas superpuestas hasta alcanzar una altura que varía entre los dos y los quince metros, según la importancia de la deidad a quien esté dedicado.
Ante el altar se encuentra el fatarau que es una especie de plataforma donde se depositan las ofrendas.
Allí es donde el papú se ofrecía a depositar a Venus Ortega garantizando que, al poco tiempo, sería recogida por un orepos, sacerdote que la llevaría hasta Samoa que es el lugar habitual a donde viajan estos ministros del culto cada fin de semana. Allí organizan la verbena que tiene lugar en el hotel Para Maru donde se hospedan los turistas holandeses. Desde el hotel las posibilidades de viajar a Nueva Zelanda eran muy grandes y una vez en Wellington, podría embarcar en el clíper que la llevaría directamente a Rótterdam en menos de quince días.
_¿Y qué hago yo en Rótterdam?, objetó Venus Ortega un tanto aturdida.
_Un molusco en Holanda puede cambiar de sexo cuantas veces desee y a expensas de la Seguridad Social, explicó el papú, y lo que es más interesante todavía, puede usted contraer matrimonio cristiano con una concha vermicularia o bien con un gusano equinorrinco, aunque éste estuviera divorciado. Son especies protegidas en aquel país, subvencionadas y con acceso a una vivienda  en régimen de alquiler con opción a compra, aquello es otro mundo, están mucho más avanzados en todos los Órdenes de la Naturaleza.
Fue dicho y hecho, de esta manera y en aquella radiante mañana del trópico, Venus Ortega emprendió un largo viaje hacia la libertad.
Hoy día nuestro molusco vive en La Haya con otro sexo, el masculino, y con otro nombre, Mauritius Mesdag- Van Houten. Regenta junto a su marido  Josef Israëls, un joven tritón moteado de negro, un museo único en Holanda, el Museo Biológico Marino que expone numerosas especies oceánicas procedentes de los siete mares. Veinticinco mil clases de conchas, corales, cangrejos de alta y de baja mar, estrellas igualmente de mar, etc. Composiciones de algas, acuario marino, biblioteca, tienda de souvenirs y centro de documentación. Abierto de lunes a sábado de 10 a 14 horas, domingos de 13 a 17 horas. Precio de entrada: niños 3 euros, adultos 6 euros. Precios especiales para grupos.
Dr. Lely Kade 39, Sveningen.
Laus Deo.